Lo que el patriarcado no entiende del feminismo

Texto publicado originalmente en la web de Espacio Público el 9-4-18

 

Durante las semanas previas a la #HuelgaFeminista8M pudimos asistir a un sinfín de entrevistas, tertulias, actos, declaraciones, publicaciones diversas, artículos, reportajes y millones de tuits y post de FB. La mayoría con su interés y sus aportaciones, pero algunos demasiado superficiales o desinformados e incluso unos cuantos con muy mala baba o abiertamente anti feministas.

No se puede negar que hay tantos matices sobre el feminismo como experiencias vitales, pero hay que advertir que no todo vale y que por mucho que se autodenominen feministas, hay muchas personas que no lo son, que ni se aproximan con sus ideas a la esencia del feminismo. El hecho de que la mayoría quiera subirse al carro del feminismo, aunque les sea ajeno, es el mejor indicativo de que, en lo simbólico, vamos ganando batallas.

Cuando se niega que exista desigualdad y brecha de género y en la misma frase se afirma ser feminista, hay que poner en cuarentena a quien hace semejantes declaraciones, sea empresaria, periodista o presidenta de una comunidad autónoma. Si se trata de ignorancia mal está, porque raya la estulticia, pero peor está si lo hacen a sabiendas de la falsedad que afirman, ya que indica una dudosa catadura moral. Las ciudadanas de a pie no nos merecemos ni la incompetencia ni el engaño por parte de quienes pueden hablar en los medios o quienes lo hacen desde cierta autoridad. Y sobre todo no nos merecemos unos medios de comunicación que amplifiquen y den por buenas ese tipo de falsedades. La desigualdad existe y se llama patriarcado.

Una fracción de la parte más conservadora de la sociedad ha declarado la guerra al feminismo y dedica muchos esfuerzos y dinero a intentar desacreditar al movimiento. Buena parte de ellos son hombres, cómodamente instalados en el patriarcado y en las grandes ventajas que ofrece a los de su género. Otra buena parte son mujeres que pertenecen a una clase social privilegiada que difícilmente sufrirá las conductas discriminatorias que sufren millones de mujeres de otras clases sociales. Pueden desarrollar una carrera profesional porque hacen recaer las tareas más ingratas, incluso las de cuidados familiares, sobre las espaldas de otras mujeres, mujeres de clases sociales desfavorecidas que hacen cómoda la vida de las privilegiadas. Es por eso que desprecian la lucha feminista, porque consideran que todas las mujeres pueden tener sus mismas oportunidades. Tienen un concepto estrecho, miope y simplista de lo que significa el feminismo y lo desacreditan e incluso afirman que “ya no es necesario puesto que ya no hay discriminación”. Viven en los mundos de Yupi y no quieren conocer otra realidad que la suya.

También hay mujeres conservadoras, las de clase media o incluso de clase trabajadora, que asumen como “naturales” la discriminación de género que sin duda encuentran en su vida, aduciendo que forma parte de “las tradiciones”, “las relaciones sociales”, “los deberes familiares” o simplemente “compran” la idea de que si no han conseguido tal cosa o tal otra ha sido porque no se han esforzado lo suficiente o porque había “otro” que lo merecía más o estaba más capacitado. También dirán que ellas renuncian con gusto a determinadas cosas por amor a su familia o porque se deben a obligaciones familiares. Las han educado para creer todo eso y para perpetuar el rol  de sus madres y sus abuelas. Podría hablarse de un síndrome de alienación cultural. De la mayoría de esas mujeres no podemos esperar apoyo ni cambios, están perdidas para el feminismo, pues su entorno abortará cualquier digresión del modelo patriarcal tradicional.

Hay mujeres que andan un poco perdidas, que no se han formado una idea clara de cómo abordar las discriminaciones que sufren. Visibilizar las luchas del movimiento feminista es importante para que ellas encuentren su camino entre las muchas maneras de ser feminista, para que se organicen con otras y encuentren apoyo.

Luego están las luchadoras de cualquier clase social, las que buscan desde hace tiempo una sociedad donde todas las personas tengan iguales derechos y oportunidades, con independencia de su género, su etnia, su origen social o sus capacidades. Unas lo han aprendido en su entorno, otras son auto didactas. Luchan hermanadas por mejorar la vida de todas. Eso es el feminismo.

El feminismo no es el antagonista del machismo. El feminismo busca integrar, nunca discriminar. El feminismo nunca criticará a un hombre por el hecho de serlo, lo criticará por su conducta supremacista, discriminatoria o violenta. El feminismo quiere acabar con situaciones y con conductas, no con personas.

Pero el patriarcado, que es el sistema de organización social que sustenta el machismo, sí es antagónico del feminismo. El patriarcado se basa en la discriminación, el abuso y la desigualdad. Y el capitalismo, como modelo económico basado en la desigualdad, la explotación y la acumulación, se mantiene gracias a que la organización social patriarcal sostiene el orden social requerido. El capitalismo sin el patriarcado tiene difícil su continuidad. Si no hubiera existido el patriarcado, muy probablemente el capitalismo no se habría desarrollado. Es por eso que el poder económico utiliza todas las armas a su alcance para evitar la desaparición del modelo patriarcal. Los medios de comunicación, la industria del entretenimiento, la industria cultural, la moda, la publicidad, todo rema a favor del mantenimiento del statu quo patriarcal.

Sin embargo, hay algo que ni todo el dinero del mundo ha podido evitar: los deseos irrefrenables de millones de mujeres desde hace cientos de años por tener derechos, por ser ciudadanas de primera, por no ser explotadas ni violentadas, por ser respetadas. Cada lucha feminista, desde finales del siglo XVIII, ha supuesto mucho esfuerzo, muchos sacrificios, vidas arrebatadas y algo asombroso: después de cada conquista ya no hay marcha atrás. Han podido encarcelarnos, apalearnos, matarnos, pero no retrocedemos.

Esa gran cualidad del movimiento feminista, la decisión de avanzar y de conservar lo conquistado, ha sido el motor que nos ha traído hasta aquí. Por encima de ideologías o fronteras, el feminismo ha sido unidad, determinación y constancia, se ha extendido por distintos territorios y ámbitos sociales, de modo que podemos decir que es el movimiento reivindicativo más transversal y más universal que existe.

Esa transversalidad quedó patente en las manifestaciones del pasado #8M. La mezcla de edades y razas, corrientes, partidos o sindicatos, o ninguno de los anteriores, la heterogeneidad de experiencias, objetivos y visiones de la problemática feminista fueron lo más característico este 8 de marzo. La pujanza del movimiento feminista tiene su origen en algo muy sencillo y universal: todas las personas queremos tener derechos y una vez que esa semilla de la reivindicación germina en alguien, es casi imposible erradicarla. Se la podrá ocultar usando la coacción, pero seguirá ahí. Es lo que llamamos “empoderarse”.

Porque las mujeres nos hemos empoderado a nivel global en estos últimos años. Las marchas feministas se han generalizado, estableciendo hitos simbólicos importantes. Se ha universalizado la denuncia de los abusos sexuales, empezando por el icónico movimiento #MeToo de las actrices y siguiendo por deportistas, periodistas y un sinfín de grupos que han hecho posible que el discurso contra la violencia sexual y machista se convierta en hegemónico en todo el mundo.

A medida que las discriminaciones laborales o familiares se vuelven innegables y se implementan tímidos cambios políticos para revertirlas, observamos cómo el sistema patriarcal traslada la explotación de las mujeres hacia ámbitos poco o nada intervenidos, en los que la falta de normas da carta blanca a los explotadores. De ese modo, asistimos a los intentos por legalizar la cosificación del cuerpo de la mujer como “vientre de alquiler” o como víctima de la prostitución. El capitalismo, amparado por el sistema patriarcal, busca nuevos nichos de mercado en los que la mercancía es el cuerpo de la mujer. De ese modo existe un movimiento que aboga por la regulación de la gestación subrogada o por la despenalización de la trata, disfrazando la primera de gesto altruista y la segunda de una concesión de derechos a las mujeres víctimas de la prostitución.

Pues ni una ni otra. Pensemos que son maestros en el arte de vender, que son capaces de adornar tanto su propuesta que será posible que nadie se haya dado cuenta de las trampas perversas que encierra. La gestación subrogada es el modo de utilizar a las mujeres pobres como incubadoras. Nadie, salvo alguien que tenga una relación afectiva con los futuros padres, se sometería a los grandes riesgos y trastornos que conlleva un embarazo de modo altruista. Aceptarán alquilar su cuerpo por dinero, porque las desigualdades permiten que los ricos puedan comprar a una persona y que esa persona acepte venderse, algo que resulta carente de ética en términos absolutos. Si la madre de alquiler tuviera una vida digna y justa no necesitaría poner en peligro su vida para conseguir dinero. En cuanto a los padres, perpetran esa atrocidad porque tienen un ego que se niega a aceptar que son estériles y porque son lo suficientemente ricos como para poder pagar.

En cuanto a la prostitución regulada, como si el cuerpo de las mujeres fuera una mercancía, qué quieren que les diga. Me parece que si se quiere proteger y dar derechos a las mujeres obligadas a prostituirse, dar estatus de legalidad a sus explotadores, permitir que se lucren con la violencia ejercida por los puteros sobre ellas no parece lo más efectivo. Para proteger a las mujeres habrá que legislar a favor de ellas, no a favor de las mafias y los proxenetas. Para cualquier duda, ver qué ha ocurrido en Alemania tras “legalizar” la prostitución.

En cualquier caso, la relación entre el putero y la mujer prostituída simboliza la mayor de las desigualdades entre hombre y mujer: él decide cuándo y cómo quiere disponer del cuerpo de la mujer para su propio placer, aún ejerciendo violencia en mayor o menor medida, mientras que ella se somete, con independencia de sus deseos, unas veces por miedo y otras por necesidad. Ese tipo de relaciones asimétricas nunca serán liberadoras para las mujeres.

En cualquier caso, la prueba irrefutable de que algo no va a favor del movimiento de liberación de la mujer es que haya una estructura capitalista involucrada con éxito.

Ya se sabe que determinados partidos políticos huyen de postulados anticapitalistas como de la peste, que quieren instituir un feminismo light que permita ciertas desigualdades que les convienen. Quizás sería generalizar mucho decir que todo el feminismo es conscientemente anticapitalista. Lo que sí se puede afirmar es que el capitalismo debe obligatoriamente ser anti feminista, por los motivos antes expuestos. Así que habrá que tener precaución con determinados discursos incoherentes para desenmascarar a los posibles caballos de Troya.

El camino no ha hecho nada más que empezar y seguro que será largo. Unos pocos cientos de años de conquistas feministas frente a miles de años de patriarcado parece poca cosa, pero somos millones, sabemos lo que queremos y estamos dispuestas a llegar hasta el final.

 

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