La democracia radical como vía

En un mundo en crisis permanente, como este en el que vivimos, se pueden aceptar los análisis y tesis que se ofrecen por parte del mainstream, se puede elegir vivir en el limbo o se puede nadar contra corriente, buscando la propia verdad y las propias respuestas. La última opción es la única que ofrece dificultades y peligros, el más notorio es caer en el totalitarismo. En el polo opuesto existe una vía que se caracteriza por el respeto a las demás, la búsqueda de la libertad y la democracia radical, la lucha por la igualdad y la inclusión, una vía que pone el bien común en el centro, que lucha por preservar la naturaleza y por encontrar modos de convivencia respetuosos. Entre una y otra opción, hay una escala de grises que rellenan la vida social y política con mayor o menos éxito. Muchas se mueven en la zona gris asegurando que su meta es llegar a la soberanía popular, aunque para ello tengan que dinamitar los intentos de otras por conseguir lo mismo. Cada región del mundo tiene sus luces y sus sombras, sus luchas, fracasos y triunfos. En esta región de Europa que suele conocerse como España, las luces brillantes que eclosionaron en 2011 están a punto de extinguirse, si no lo remediamos.

Hay que partir de una premisa que el sistema nunca aceptará: el capitalismo está en crisis desde hace décadas y no parece probable que pueda encontrar una salida. Otras crisis anteriores en el sistema de acumulación se resolvieron con expansión territorial o con revoluciones sociales, energéticas o tecnológicas. Hoy no hay donde expandir el territorio, salvo devastando las pocas zonas del planeta sin explotar. La ciencia no es capaz de encontrar una alternativa barata a los combustibles fósiles, ni parece poder superar la escasez de materiales usados en procesos tecnológicos, por lo que las luchas por los recursos disponibles marcan la vida y la muerte de millones de personas. Los fanáticos nunca lo aceptarán, los abducidos asegurarán que se encontrará una solución, las de la zona gris propondrán parches temporales y los totalitarios aprovecharán las grietas para infiltrarse. Sólo aceptando que el fin del modelo económico basado en alto consumo de energía ha llegado a su fin, de la mano del fin de la energía fósil barata, se podrá buscar una salida racional y duradera. Y esa es una asignatura pendiente para la gente de la zona gris.

Otra premisa importante es que hay que olvidarse del papel protector del Estado. A medida que va avanzando la crisis energética, el verdadero papel del Estado se hace patente, y no es otro que ejercer la violencia para preservar los privilegios de las élites. La pérdida progresiva de derechos y libertades para las ciudadanas comunes debe interpretarse en esa clave. El espejismo de la democracia y de la libertad nubla el entendimiento de la mayoría, si bien un análisis de los cambios estructurales, de sus causas aparentes y reales y de sus consecuencias sobre la población, no dejan lugar a dudas: cada vez somos menos libres.

Es esencial analizar el papel de determinados elementos sociales en la protección del sistema: medios de comunicación, partidos políticos y sindicatos tradicionales y agentes culturales mainstream, todos ellos empeñados en poner la economía en el centro, como objetivo supremo, por encima de las personas, de los animales y de la Naturaleza en general. Porque para el capitalismo es esencial que todo gire en torno a la economía, que todo se justifique por resultados económicos. La competencia, el individualismo, la cosificación de las personas, la falta de remordimientos y la obsesión por consumir y acumular han sido inoculados como un virus en nuestras sociedades y tal vez muchas de las infectadas no tengan salvación. Hay quien opina que sólo un escenario distópico haría que muchas abrieran los ojos.

En distintos países y momentos durante las últimas décadas han surgido movimientos de rebelión y protesta. La pérdida de las condiciones de vida aceptables ha hecho que se rebelaran jóvenes chinos y árabes, que surgieran movimientos como Occupy y el 15M, Nuit Debout o las protestas estudiantiles en Chile, entre otras muchas. La existencia de las redes sociales ha hecho posible en muchos casos la auto organización, si bien, esas mismas redes han hecho concebir la ilusión de que la revolución ya estaba en marcha, cuando no era así.

En Cataluña la ola 15M les llevó a rodear el Parlament, de modo que la oligarquía catalana vio temblar sus cimientos. Como se ha analizado ya de forma profusa, el elemento identitario, adormecido hasta entonces, resurgió y se colocó a la cabeza de las reivindicaciones, confiriendo al movimiento una transversalidad que permitió que quienes estaban dentro del Parlament rodeado se pusieran ahora al frente del movimiento, canalizando así la protesta hacia otro enemigo. La pugna por obtener el apoyo de Europa pone de manifiesto que las decisiones ya no se toman a este lado de los Pirineos. No se trata pues de luchar sólo por la independencia, habrá que plantear en algún momento la lucha contra el sistema.

También ha sido ampliamente analizado el papel de Podemos en el resto del Estado como elemento neutralizador de la protesta, por lo que sólo cabe resaltar la necesidad de la mayoría de creer que, de algún modo, iban a ser su voz en las instituciones, por lo que ya no era necesario salir a la calle a gritar. Sin embargo, la pérdida en intención de voto en las últimas encuestas parece indicar que hay un sector de la gente que ya no percibe a Podemos como su voz, que ha perdido la confianza en ellas.

Ante este panorama, muchas vuelven los ojos al 15M, a la búsqueda de la democracia radical, de la auto organización y de la soberanía. Pronto serán siete años de experiencia y de aprendizaje, siete años de errores y decepciones. Tal vez este sea el momento de intentar otra vez algo radical y revolucionario, poniendo en el centro a las personas y a la Naturaleza, buscando el bien común y el fin de la opresión patriarcal. Tal vez el modelo organizativo óptimo sea el que se consiga en el movimiento municipalista, bebiendo del movimiento anarquista y del republicanismo federal de los años 30 del siglo pasado. Una sociedad de municipios federados, con una economía basada en lo local y en lo respetuoso con el medio ambiente, donde las decisiones para el bien común se tomen en común. Parece utópico, pero ¿qué otra vía nos queda?

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