María, 96 años, sindicalista y luchadora. Descanse en paz.

(Texto publicado originalmente el 12-12-14 en el diario Público. Homenaje a mi tía abuela María)

 

Hoy la incineramos. Nunca la olvidaremos.

María nació hace 96 años en el seno de una familia obrera de las proximidades de Madrid. Su madre, conocida en su pueblo como la republicana, era una mujer de armas tomar, con conciencia de clase. Ella enseñó a María y a sus otras hijas a tener amor a su familia, orgullo y dignidad.

María se casó muy joven, vivió la guerra y la perdió. Sufrió una posguerra con dos hijos pequeños y el marido, militante socialista, encarcelado por los golpistas. Un marido que regresó, tras largo tiempo, muy enfermo. María, digna hija de su madre, trabajó con ahínco para sacar adelante a sus hijos y a su marido enfermo. Fue enlace sindical de UGT desde la “legalización” de los sindicatos de clase hasta su jubilación y nunca dejó que la humillaran. Participó activamente en huelgas generales, nunca se arredró por nada. Es irónico que el día de su muerte se haya aprobado la Ley Mordaza, que nos retrotrae a los tiempos negros contra los que ella siempre luchó.

En nuestro país ha habido mujeres como María, no muchas, es cierto, pero las ha habido. Han sido ejemplo para las que vamos detrás. Porque hacer lo que hizo María nunca ha sido fácil. Ser esposa, madre y activista sindical o política es una proeza. De hecho, muy pocas siguen ese camino. Pero en los años duros del franquismo era una heroicidad. De hecho, de la generación de María, había muy pocas mujeres en el sindicalismo y menos aún en la política.

Lamentablemente, en nuestros días no es mucho más fácil. A veces encuentro  gente que me pregunta por qué hay tan pocas mujeres en el activismo, lo que hace casi imposible cumplir con la paridad. Las causas son diversas y hay que buscarlas en las desigualdades de género que seguimos sufriendo la mujeres en la sociedad actual.

Desde los tiempos de María las cosas no han mejorado mucho para nosotras. En un país cuya actividad económica está basada en los servicios de forma mayoritaria, la conciliación familiar es una misión imposible. Las cajeras del súper, las enfermeras, las camareras, las médicas, las telefonistas, las dependientas de comercio, las recepcionistas de hotel, las taquilleras de cines y teatros, y muchas otras, no pueden adaptar sus horarios a los de sus hijos, no pueden llevarse trabajo a casa, no pueden conciliar sus dos vidas. Así que malviven sin ver a sus niños, con mala conciencia permanente, sacrificando horas de sueño para intentar llegar a todo. Conozco enfermeras que piden siempre turno de noche para estar de día con su familia, madres lactantes que congelan su leche para que padre o abuela puedan alimentar al niño, camareras que se pierden todos los cumpleaños, auxiliares que nunca celebran la navidad. Si somos madres solteras lo tenemos dificilísimo: ser padre y madre es muy duro, hay que dar a los hijos el doble de atención. Si se vive en pareja, el reparto de tareas no suele ser la norma, mal que nos pese. Todavía queda mucho por andar en igualdad doméstica, desgraciadamente. Aunque somos nosotras mismas las que tenemos que marcar los hitos, exigiendo nuestros derechos. Lo que no peleemos va ser difícil de ganar. Como dice mi madre, los hombres tienen que comprender que somos sus iguales, sus compañeras. Y lo dice una mujer que ha sufrido la desigualdad como pocas. Porque la teoría es siempre más fácil que la práctica.

Pero, a ciertas edades, cuando los hijos se hacen mayores y el tiempo vuelve a ser elástico, muchas de entre nosotras vuelven la mirada a la sociedad, esa sociedad que nunca ha dado la cara por ellas, esa sociedad que quieren transformar. Por eso encontramos tantas compañeras maduras en las asambleas, contra los desahucios, en las manifestaciones, en los círculos, en los Ganemos. Son el grupo más numeroso de entre nosotras, nos dan su experiencia, su sentido común y su generosidad. No sé si esta sociedad para la que trabajan de modo altruista será capaz de reconocerlo y agradecérselo del modo que merecen.

Por eso hoy quiero rendir homenaje a todas las Marías que han sido, son y serán. Quiero hacerlo a través de mi María, mi querida tía-abuela, que me enseñó con su ejemplo, a la que siempre  admiré. María siempre en nuestros corazones. ¡Salud y República!

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