El Banco Popular y otras historias para pensar

Texto publicado originalmente el 12-6-17 en “Contrainformación”

Hace años que el viejo orden social está obsoleto, inservible. Hasta la caída del Muro de Berlín todo el mundo sabía de qué lado estaba: clase obrera o clase dominante, izquierda o derecha. Se mantenían ciertos límites a la explotación de la clase obrera, conquistados mediante lucha social y apuntalados por la existencia de las potencias comunistas, que recordaban a los patronos los riesgos de apretar en demasía a sus trabajadores. Pero el contrato social empezó a resquebrajarse en paralelo con la caída de la URSS y el nacimiento del neo liberalismo. Pronto empezaron a perderse derechos duramente conquistados y a producirse transformaciones económicas y sociales que iban a desarmar a la clase trabajadora, facilitando su paulatina desaparición.

Habría que hablar de muchos factores, como la irrupción de una nueva economía fiduciaria, del sagrado mantra del libre mercado y de la doctrina del crecimiento infinito para acotar bien los cambios sociales, pero ya hay mucho escrito al respecto y es mejor limitarse a enunciarlo en un texto corto como es este.

Otro factor esencial que ha propiciado las profundas transformaciones sociales y económicas de las últimas décadas ha sido la llamada “guerra cultural”, ganada ampliamente por el sistema. El dominio de los medios de comunicación al servicio de los intereses económicos en el panorama informativo y de entretenimiento de la gente, así como la irrupción del llamado marketing en la vida diaria, como creador de necesidades que impelen al consumo, son dos de los aspectos más relevantes que han influido en transformar a la gente de ciudadano en consumidor. También las nuevas políticas educativas, basadas en un relato histórico adulterado e interesado, en fomentar el individualismo y la competitividad desde la infancia, así como la alienación de los niños y jóvenes, impelidos al estudio y al esfuerzo memorístico, domesticados desde la más tierna infancia para ser obedientes y sumisos a la jerarquía, sin cuestionarse nada del sistema. Quienes siguen las normas y se esfuerzan serán triunfadores, podrán ganar mucho dinero y gastarlo en todas las maravillosas cosas que ofrece la publicidad. Quienes se salen del “carrilillo” serán unos fracasados, unos parias pobretones, tachados de vagos y despreciados por la gente “de bien”. Durante décadas se ha promocionado el status de clase media como el único aceptable para el común de la gente, de modo que sólo una minoría se considera a sí misma como clase obrera.

La economía, omnipresente en nuestras vidas, se nos presenta como lo más importante de una sociedad. Se nos dice que la buena marcha de la economía está por encima de la vida de las personas, de la justicia o de los derechos humanos. Los especuladores, los cambistas, los que se hacen ricos de la noche a la mañana, son los “reyes del mambo”, a la vez que se establece la corrupción como un modo de enriquecimiento usual. La creación de la necesidad de consumo desaforado y en paralelo el allanamiento al crédito como forma de pago habitual han convertido a los bancos y entidades financieras en los verdaderos amos de la gente normal. El acceso a la propiedad de la vivienda en muchos países, propiciado por esa facilidad para el crédito, ha fomentado la ilusión de que todo el mundo es clase media. Sólo la grave crisis que dio al traste con la burbuja inmobiliaria en 2007-2008 puso coto a ese espejismo. Fue en ese momento en el que el verdadero poder de los bancos se demostró: se los rescató de la quiebra con el dinero de nuestros impuestos y se los ayudó a robar a la gente sus viviendas, enviando a la policía a los desahucios. Todo en aras de la economía.

Ya han pasado diez años desde el comienzo de la crisis y la situación, lejos de resolverse, parece enquistada. Han surgido nuevos modos de expolio, microcréditos, exigencia del uso de dinero electrónico, normas en contra del pequeño comercio, de la autogestión, de la economía de proximidad y colaborativa, así como un largo etcétera que animo a completar. El sistema quiere asegurarse de que toda digresión queda aplastada.

Es en este nuevo orden de cosas donde quiero hacer ver que quienes lo hemos perdido todo no tenemos cabida, no podemos tener una cuenta bancaria, por lo que muy pronto no podremos ya ni comprar. Y quienes se creen las triquiñuelas de la banca y usan el dinero electrónico, propician que todo lo que hacen esté controlado, que su libertad y toda su vida estén en unos cuantos bits, expuestos a un saqueo injusto y sin posibilidad de defenderse. Es el imperio de la banca.

Por todo lo expuesto más arriba, la vieja política de izquierda-derecha, los viejos partidos políticos, ya no tienen sentido. Ahora la gente se siente del grupo privilegiado o del grupo explotado, con independencia de su situación económica, en muchos de los casos. Todas conocemos a gente que se alinea con los privilegiados a pesar de ser precario, ya que el mero hecho de admitir que se está dentro del grupo de los explotados es admitir el propio fracaso, con el consiguiente oprobio social, según los cánones imperantes. Otra excrecencia del sistema son los movimientos totalitarios que están surgiendo en numerosos países, fruto de ese cambio de roles sociales. Hay gente que, incapaz de detectar que es el capitalismo salvaje el causante de su malestar, lo achacan a la inmigración, a los grupos anti globalización o a los antifascistas, constituyendo así el mayor peligro latente en materia social y política de nuestro siglo.

Ana-Botin-por-World-Travel-Tourism-Council

Fotografía de World Travel & Tourism Council

En estos últimos días ha ocurrido en España un acontecimiento largamente anunciado por los críticos del sistema y negado machaconamente por el mainstream. Se trata de la desaparición/expropiación del Banco Popular. Estaba cantado que los accionistas iban a perder hasta la camisa, sin embargo, una última ampliación de capital, con toda la desvergüenza del mundo, atrajo los ahorros de miles de pequeños accionistas. Ahora lo han perdido todo, tras una larga y agónica sangría en bolsa, sin poder decidir, como accionistas, el destino de la entidad. Parecen evidentes varias cuestiones: por un lado, la tan cacareada eficiencia de la banca privada ha quedado en entredicho. Se decía que las cajas de ahorros habían quebrado por ser públicas (ya se sabe, “lo público, caca”), ahora podremos decir que los bancos privados quiebran por ser privados, ¿no? Por otro lado, sorprende que los accionistas, a los que se les supone defensores del libre mercado, clamen ahora contra lo que es una situación usual dentro del libre mercado. ¿En qué quedamos, lo queremos libre o lo queremos intervenido? Por último, deberemos estar atentas en los próximos meses, pues nada es gratis y la caída “controlada” de un gran banco puede traer consecuencias para los bolsillos de todas.

En fin, las grietas del sistema van agrandándose, arrastrando cada vez a más gente de esa que se cree triunfadora, de esa que no sabe bien cuál es su sitio, de esa que votaría a Trump o a Le Pen. Tal vez necesitamos un Sanders o un Corbyn en cada estado, pero esa es otra historia y hablaremos de ella otro día.

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