El poderoso dios Mercado

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Cada vez nos acercamos más a China, tal y como pedía el ínclito Roig (magnate de Mercadona) al entonces presidente del Gobierno, Zapatero. Las sucesivas reformas laborales del PSOE y del PP han hecho posible que la precariedad laboral sea la norma en España y que la esclavitud laboral llame a nuestras puertas. De nuevo Roig, un adelantado, establece entre sus empleados cláusulas abusivas, multando con grandes cantidades de dinero a quienes osen criticar a su empresa. Son las normas del Mercado.

Entre tanto, la campaña electoral nos transforma en meros consumidores, estableciendo las intervenciones de los candidatos como actos de una campaña de marketing, en la que se excluyen los análisis y las propuestas estructuradas, esgrimiendo grandilocuentes y vacuos eslóganes, destinados a “vendernos” su “producto”. Una campaña verdaderamente inane. Lo pide el Mercado.

En estos días se habla mucho de educación: desmantelamiento de la Universidad Complutense, como adelanto previsible de su privatización, cambio del modelo de acceso a la universidad, aumento de la discriminación y la exclusión, con el establecimiento de reválidas, fragmentación del conocimiento, especialización, competitividad e individualismo en lugar de cooperación y comunidad; es lo que demanda el Mercado.

Nuestra vecina Francia está en plena revolución social, levantada contra la Loi de Travail, una reforma laboral algo más liviana que la que sufrimos en España. ¿Cuál es la diferencia entre Francia y España? ¿Por qué lo que para Francia es inaceptable se tolera aquí? Es complicado, pero intervienen unos sindicatos que no están subordinados al capital, una conciencia de clase que se mantiene desde la Revolución Francesa y un sistema educativo que todavía no ha claudicado, mayoritariamente público y de alta calidad. Por el contrario, en España tenemos unos sindicatos cooptados por el neo liberalismo, que han traicionado los intereses de los trabajadores y trabajadoras (especialmente de ellas, de nosotras), un sistema educativo que prima la escuela privada sobre la pública, favoreciendo las demandas del mercado laboral, así como una falta de conciencia social establecida por cuarenta años de dictadura franquista y otros cuarenta de democracia formal dominada por el postfranquismo. El entramado entre estos tres factores es patente, puesto que son los herederos de la  oligarquía franquista los beneficiarios de las privatizaciones de los servicios públicos, la educación entre ellos, así como los grandes beneficiarios de las sucesivas reformas laborales.

Una clase trabajadora sin conciencia de su situación social y sin mecanismos mentales para analizar la realidad, es a la vez sujeto y agente, en un giro perverso del sistema. Incapaces de detectar y analizar su situación, las personas permiten, con sus votos, que se perpetúe una clase política al servicio de las oligarquías, la franquista de tercera o cuarta generación y una nueva oligarquía surgida tras la muerte del dictador, amparada por la corrupción, clientelar, medrando a la sombra del B.O.E.

En este panorama desolador, la opción política estatal que parece ser la única que defiende los intereses de la gente más vulnerable y de las personas ahogadas por el sistema, vuelve a decepcionarnos por su falta de valentía durante la campaña. No se habla claro, se evitan los temas espinosos: la deuda, la vivienda, la violencia machista, la violencia estructural, el modelo productivo, el modelo de estado, el modelo energético, la banca pública, el laicismo y tantos otros que no estarán presentes en los debates. Las intervenciones de las personas candidatas son una campaña de marketing constante, en la que se nos venden cuatro grandes productos y otros minoritarios, donde los mensajes se limitan a eslóganes generales, puestas en escena más o menos chocantes y poco más. Este modelo de campaña electoral nos limita a las personas que votamos a ejercer sólo como consumidoras. Se trata de elegir por lo que nos “impresiona”, por lo subjetivo, no por lo que nos hace reflexionar, lo objetivo.

Hay quien piensa que se trata de mera estrategia para ampliar la base electoral, para no alimentar el fuego “venezolano” o “griego” de los adversarios. Hay quien duda de sus buenas intenciones y ve esta campaña descafeinada como una claudicación ante el sistema, una especie de reedición del felipismo, aquélla primera traición de uno de “los nuestros”. En cualquier caso, creamos lo primero o lo segundo, si votamos, lo haremos con reparos y como un acto táctico. Lo que parece muy claro es que esta será la primera y única oportunidad para cambiar las cosas, al menos para empezar a cambiarlas. Si se traicionan las expectativas del electorado “del cambio”, el crédito habrá empezado a agotarse.

 

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