Ellos miraron para otro lado

 

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Cuando todo esto empezó, cuando los pelotazos urbanísticos y las concesiones a dedo se convirtieron en moneda corriente en nuestros ayuntamientos y gobiernos (autonómicos y central), cuando los bienes comunes se regalaron para enriquecer a unos pocos y cobrar comisiones, ellos, la prensa, miraron para otro lado.

Se modificaron las normas urbanísticas a medida de las grandes promotoras inmobiliarias; se incumplieron las leyes de protección ambiental cada vez que había negocio; se recibían con las manos llenas las generosas donaciones “en B” que esas mismas empresas tenían a bien conceder a los políticos. Mientras tanto, ellos, la justicia, miraron para otro lado.

Las grandes empresas estatales se privatizaron por poco dinero; a cambio, los políticos cesantes lograban contratos millonarios en Altadis, Telefónica o Cepsa. Se favorecieron los monopolios energéticos y financieros; a cambio, otros políticos cesantes lograban contratos millonarios en Endesa o Bankia. La gente corriente cada vez pagaba más caros todos esos servicios, que antes eran de todos, pero ellos, la prensa y la justicia, miraron para otro lado.

Las grandes familias de la oligarquía tradicional tenían a sus hijos en puestos clave de la judicatura y de la administración. Los medios de información sobrevivían gracias a los jugosos contratos de publicidad que contrataban con las administraciones públicas y con todas esas empresas beneficiarias de los decretos del B.O.E. Por eso, todos ellos miraban para otro lado.

La burbuja crecía y crecía: viviendas, infraestructuras, créditos, subvenciones. España era rica y crecía a ritmo vertiginoso. Coches de lujo, viviendas carísimas, vacaciones a todo trapo, todo era poco en el país del “give me two”. Todos ricos, todos endeudados hasta las cejas. Era jauja.

Corría el año 2007 cuando algo inesperado empezó a pasar: en EEUU había una crisis financiera de proporciones considerables (algo de unas hipotecas “subprime”, se escuchaba, sin darle importancia); en los primeros meses de 2008, la situación se agravó con el Banco Lehman Brothers, que había quebrado. Pero nada, que eso quedaba muy lejos de España, nos decían. Aquí éramos ricos, todos ricos, estábamos en la “champion league” de la economía.

Los indicadores económicos mundiales adelantaron claramente nuestro futuro. Sorprendentemente, nadie lo quiso ver. Ni los ministros del PP, ni los del PSOE. Maquillando las cuentas públicas y alabando la pujanza de nuestra economía, consiguieron engañar y atrapar un poco más a la gente corriente, que se endeudó hasta dos palmos por encima de su cabeza. Deuda, deuda, ¡viva la deuda!

Cuando a finales de 2008 todo empezó a desmoronarse en España, la gente corriente estaba con el pie cambiado. De repente, el sistema bancario y financiero colapsaron, y con ellos, la burbuja inmobiliaria. Se acabó el sueño de riqueza infinita.

A partir de 2009, los grandes beneficios derivados de la burbuja empezaron a ser pasado e irrecuperables. El sistema de tráfico de dinero entre las promotoras y los políticos buscaba una fuente alternativa. Comenzaron las privatizaciones de todos los servicios públicos como un modo de mantener las ganancias.

El saqueo de lo público se orquestó de modo desvergonzado, modificando leyes a golpe de decreto, financiando infraestructuras con dinero público, para regalarlas a los poderosos a cambio de una tajada sustanciosa. Se privatizó todo lo susceptible de ser negocio, y si no lo era, se subvencionaba. Vimos con estupor cómo las seis grandes constructoras (ACS, FCC, OHL, Ferrovial, Acciona, Sacyr-Vallehermoso) se hacían con todos los contratos: igual recogían la basura, que abastecían el comedor de un hospital, que gestionaban una escuela infantil. Esta diversidad de servicios tenía un denominador común: los factores económicos primaban sobre la calidad. Entre tanto, a la gente corriente se le exigían sacrificios inauditos, se le dejaba sin trabajo, sin casa, sin escuela, sin sanidad. La indignación era creciente, pero ellos, la prensa y la justicia, miraron para otro lado.

Cuando la gente, hastiada, comenzó a protestar y a denunciar, cuando las personas corrientes fueron expropiadas por una miseria, cuando los ancianos fueron saqueados por sus bancos, cuando las familias fueron desahuciadas, ellos miraron para otro lado.

Luego llegó el 15 de mayo de 2011 y todo cambió. Comenzamos entonces un camino sin marcha atrás.

Ahora, cinco años después, han aparecido jueces que no miran para otro lado y el “chiringuito” de los políticos empieza a desmoronarse. Para que la oligarquía de siempre sea alcanzada falta mucho todavía, pero van cayendo algunos peones.

En cuanto a la prensa, sigue mirando para otro lado. De vez en cuando arma jaleo con algún caso de corrupción, pero ha perdido la credibilidad. Los grandes periódicos en papel desaparecerán más pronto que tarde, sin que sus ediciones digitales conserven ni la décima parte de su antiguo poder. La información digital es un pastel muy dividido, con algunos campeones, pero alejada de la influencia de antaño. Para los grupos de poder, políticos o empresariales, el mundo digital resulta más hostil e ingobernable, aunque tienen sus triquiñuelas y resultan casi igual de peligrosos e igual de manipuladores. En estos años de crisis hemos visto cierres y despidos en medios de comunicación, y los que veremos. Tal vez ahora se den cuenta de que sólo el periodismo digno les devolverá el favor de la gente corriente y dejen de mirar para otro lado.

La prensa recibirá el correctivo irremisiblemente de ese mercado que defienden, pero, algún día, habrá que hacer justicia con todos esos jueces prevaricadores que han permitido tanto sufrimiento y que han ignorado los derechos sociales y civiles de toda una sociedad. Para conseguirlo, necesitaremos una ciudadanía unida para exigir sus derechos y ejercer su soberanía. Esperemos que nadie mire para otro lado.

 

 

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