Mi madre es decrecentista pero no lo sabe

(Artículo publicado originalmente en el Diario Público el 14-11-14)

Mi madre, criada en la posguerra, fue educada para no desperdiciar ningún recurso. Al igual que ella, muchos de su generación han mantenido esa actitud toda la vida. Han reprochado a los jóvenes su despilfarro, han almacenado reservas para su vejez. Valoran las cosas por el esfuerzo de obtenerlas. Mi madre se ha adaptado a la crisis de forma admirable. Ella es un ejemplo para el futuro de decrecimiento que se avecina. Porque no es previsible que esta crisis acabe.

Se que los de ciencias a veces nos ponemos muy intensos con algunos temas y que eso suele incomodar a los legos. Intentaré plantear hoy las cosas de modo suave, pero no prometo nada. Hoy quiero hablar de los límites físicos al crecimiento.

Conocí a Antonio Turiel hace unos tres años por su labor divulgativa en un programa de radio, el siempre interesante Radioactividad, programa de CB Radio en el que participaba con mi hermano, Juan Carlos Barba. Comprendí enseguida la importancia de los problemas que exponía en sus intervenciones. Sus escritos y sus exposiciones se extendían como una mancha de aceite por el universo de los conservacionistas, ecologistas y demás gentes de mal vivir.

Cuanto más conocía del tema, más vital me parecía difundir ese conocimiento, así que hice incluso un modesto power point explicativo y me lancé a exponerlo en algunos foros. En las charlas sobre crisis energética fuera del circuito ecologista suelen ocurrir varias cosas; la primera es que, cuando pides a la concurrencia que levanten la mano los que hayan oído hablar del peak-oil, solo un 2% de media la levanta, la segunda es que, en cuanto empieza la “chicha”, el silencio es sepulcral y la tercera, que el auditorio se muestra entre abatido e indignado al terminar la exposición.

Con el tiempo, pude organizar una charla en Madrid con Turiel. Fue una tarde memorable, con lleno total en la sal El Foro. En esta ocasión, el 95% de los asistentes éramos iniciados en el tema. Y se notó ya en los primeros minutos, con casi todas las manos levantadas tras la pregunta que hizo Turiel: “¿Quién ha oído hablar del peak-oil?. En ese momento fui consciente del gran abismo.

Y con este modesto escrito pretendo ayudar a salvar ese abismo.

Si analizamos la crisis energética en la que estamos envueltos, observaremos varias cosas:

.- La Agencia Internacional de la Energía ha admitido en 2010 que el peak-oil se alcanzó ya en 2006. Esto es: desde 2006, la producción mundial de petróleo está en decrecimiento irreversible.

.- Las previsiones, hechas por ingenieros y físicos especialistas en energía, sobre las reservas de hidrocarburos existentes plantean un horizonte de franca escasez para dentro de 30-50 años. Siendo optimistas, tenemos 50 años para cambiar los modelos productivo y de consumo de nuestra sociedad.

.- Las energías renovables serán nuestra principal fuente de energía doméstica en los próximos años, pero hay dificultades para mantener los procesos industriales y el transporte mundial de mercancías solo con energías renovables.

.- A corto y medio plazo no es previsible que se desarrollen tecnologías capaces de suplir a los hidrocarburos. La investigación en este campo es todavía a largo plazo.

.- Las anteriores premisas hacen inviable el modelo de crecimiento económico imperante. Para cualquier proceso industrial o tecnológico, se requiere energía abundante. Si ésta escasea, dichos procesos serán más costosos. Por tanto, el crecimiento acostumbrado durante la etapa anterior al peak-oil no podrá mantenerse en un futuro por falta de recursos. Habrá que pasar, en el mejor de los casos, a procesos estacionarios, sin crecimiento. En el peor escenario posible, habrá que pasar a procesos con decrecimiento energético drástico. Se trata de una imposibilidad física, no de un planteamiento ideológico.

Frente a estas realidades, las personas más conservadoras niegan categóricamente el anterior planteamiento. No quieren renunciar a la quimera de la abundancia. A pesar de que la crisis persistente que abate la economía mundial desde 2008 ha empobrecido a una buena parte de la población occidental, siguen aguantando con la esperanza de recuperar la prosperidad perdida. Sin embargo, los únicos que mejoran son los ricos, cada vez más ricos, aunque menos numerosos. Esto último nos lo recuerda la lista Forbes todos los años.

Nos encontramos con varias respuestas o actitudes posibles ante esta realidad. Haré una exposición muy esquemática.

1.- Negación permanente. No hay salvación para ellos. Obstaculizan las iniciativas decrecentistas y pueden llegar a ser un adversario que vencer.

2.- Aceptación pasiva. Se convierten en esclavos del sistema y solo contribuyen a alargar la agonía. Hay que aplicar pedagogía y medidas de ayuda con ellos para intentar recuperarlos.

3.- Aceptación engañosa. Conocen las limitaciones energéticas y ambientales, abogan por una economía “verde” pero dentro del paradigma de crecimiento capitalista. Son muy peligrosos, pues tienen buena fe y ganan muchos adeptos, pero su análisis es erróneo. Serán responsables de que mucha gente no esté preparada para afrontar el decrecimiento de forma ordenada.

4.- Aceptación activa. Se preparan para la situación que está llegando. Adaptan sus hábitos de consumo y de vida a la nueva situación. Ellos no necesitan gran cosa, son autosuficientes.

5.- Aceptación reivindicativa. Se preparan para el nuevo paradigma y a la vez participan en procesos de empoderamiento. Su fin es recuperar la soberanía económica para los ciudadanos. Son muy valiosos, pues nos muestran el camino.

La buena noticia es que todavía se pueden tomar medidas. Solo hay que asumir la realidad y provocar una situación política favorable.

Se trata pues, de pasar a la segunda etapa del duelo. Superar la negación y comenzar la aceptación. Solo si aceptamos la realidad, podremos tomar medidas adecuadas para adaptarnos a ella. Admitámoslo, señoras y señores, ya nada volverá a ser como antes. El problema no es solo la crisis energética. El problema es que la premisa del crecimiento económico lo ha invadido todo, lo ha contaminado todo. El sistema económico mundial se basa en la idea de crecimiento. Sin crecimiento, todo se vendría abajo como un castillo de naipes, y hay demasiados intereses de gente poderosa en juego. Por eso toda la maquinaria de propaganda está empleada al 100% en preservar en el ideario colectivo el modelo capitalista de crecimiento económico. Por eso, toda opción realista que apunte a los límites de los recursos naturales será tachada de ilusa en el mejor de los casos o de radical (de izquierdas, por supuesto) en la mayoría de las ocasiones. Pero, no se trata de un planteamiento político teórico. Se trata de una realidad física: los límites del planeta ya no dan para más.

En esta situación, no se entiende que en España se penalicen las inversiones en energías renovables, salvo porque los actuales y los anteriores gobernantes tienen intereses particulares en empresas de energía convencional y sus medidas son para favorecerlas. En cualquier caso, dado el grado de contaminación propagandística en torno al modelo económico imperante, basado en el crecimiento, será muy complicado que un hipotético cambio de rumbo político pueda plantear el decrecimiento energético como un modelo económico. Habrá que hacer mucha pedagogía al respecto.

En el nuevo paradigma económico que se avecina, las gentes comunes solo podrán conservar unos estándares vitales dignos si consiguen recuperar la soberanía sobre sus comarcas, rescatándolas de las garras de las oligarquías político-financieras que las controlan ahora. Esto es imprescindible, de grado o por fuerza, ya que son las responsables del yugo férreo sobre las personas, a las que consideran solo “fuerza de trabajo” y fuente de recaudación y saqueo.

Los poderosos saben que esta crisis es irreversible. Por eso, todos los conflictos geoestratégicos actuales tienen lugar en zonas de vital importancia por sus recursos energéticos (Golfo pérsico, Ukrania, etc.) y todas las presiones políticas tienen un trasfondo de lucha por el control de yacimientos energéticos (Venezuela, Rusia). Todo envuelto en el manto de la ideología y de la “lucha por la libertad occidental”. Eso en un momento histórico de franca recesión de derechos y libertades en Occidente. Esa pérdida de derechos es también parte del nuevo escenario social al que se nos está llevando de modo implacable. Seremos más pobres y menos libres. Pero todo a mayor gloria del “crecimiento” económico. Espero que toda la propaganda que emplean los poderosos para convencernos de que todo es por nuestro bien no nos convierta en borregos que van sumisos al matadero. No se trata solo de ideología, se trata de supervivencia. Somos más, somos su “fuerza de trabajo”. Tenemos el poder, solo tenemos que ejercerlo.

 

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