El hedor de 200 años estancados: La Pepa, Riego y su himno

(Publicado originalmente en el Diario Público el 7-11-14)

Era un héroe. El 7 de noviembre de 1823 fue prendido, ahorcado y decapitado en la Plaza de la Cebada. La misma muchedumbre que días antes lo aclamaba, vociferaba en su contra mientras lo mataban.

Con Riego murió la esperanza de que España se convirtiera en un Estado moderno, “liberal” (usemos la acepción de la época) e ilustrado. Tras su derrota y muerte, nuestro país regresó al absolutismo, malgobernado por un rey felón, ignorante, egoísta y obsesionado por tener un hijo varón.

Así nos luce el pelo desde entonces.

La historia se repite cuando determinados nodos de desarrollo social se estancan y hay que volver una y otra vez a intentarlo. Y eso ocurre en nuestra sociedad. Tenemos pendiente un importante paso evolutivo, la modernización social. Llevamos estancados 200 años y el hedor es insoportable, como muestran las tramas corruptas que se destapan constantemente.

La historia que no nos han enseñado en las escuelas está ahí para quien quiera aprender del pasado. Sería bueno que nos detuviéramos a analizar lo ocurrido dos siglos atrás. Eso nos ayudaría a superar ese paso decisivo que tenemos pendiente como sociedad. Tal vez de ese modo nos veamos libres de repetir una y otra vez el mismo episodio.

La Constitución de 1812 marcó un hito democrático en su época, influyó en las constituciones de otros países europeos y fue decisiva en la emancipación de las colonias americanas, cuyas futuras constituciones se inspirarían en ella. La Pepa estaba pensada para constituir un Estado plurinacional hispánico, modernizar la sociedad, abolir el absolutismo y acabar con el feudalismo y con la Inquisición, desarrollando los derechos de los ciudadanos, con el sufragio universal como derecho fundamental. En su contra, hay que decir que no daba derechos a las mujeres, que mantenía la confesión religiosa católica y que asumía la monarquía como forma de Estado. Pero hace más de 200 años de eso y no se puede pedir a una sociedad aquello que no está preparada para dar. Hay que enmarcar lo que se hizo entonces en su contexto histórico.

En cuanto al rey felón, habrá que aclarar que era malvado, ignorante, zafio, egoísta y dominado por los más bajos instintos. Un rey absolutista, vengativo e injusto. Desgraciadamente, nuestros antepasados no fueron capaces de desembarazarse de él y la historia quedó estancada. Aunque hay que recordar que lo intentaron, algunos al menos. Y habrá que señalar que, aunque algunas veces volvieron, los españoles obligamos a abandonar el país sucesivamente al ya consabido Fernando VII, a su hija Isabel II y a su biznieto Alfonso XIII. A ver qué somos capaces de hacer ahora.

Riego fue un héroe de aquella época. Primero luchó contra la invasión napoleónica y luego contra el absolutismo fernandino. Sufrió cárcel varias veces y dirigió en 1820 el pronunciamiento constitucional en Cabezas de San Juan. Hombre ilustrado, masón, generoso e idealista, representa lo mejor de una sociedad con afán de cambio y mejora. Resulta molesto que hoy los depredadores de derechos ciudadanos hayan acaparado y pervertido el uso de la palabra “liberal”, puesto que eso impide que podamos usarla en su justo significado en el contexto de hace 200 años. Entonces el liberalismo era la contraposición al absolutismo, la revolución en España fue una revolución “liberal”, que buscaba la libertad de las personas frente al poder absoluto. Y fíjense dónde hemos llegado usando ese término hoy en día.

Debemos preguntarnos el motivo de que la muchedumbre abucheara a Riego en el momento de su muerte. Me parece importante, pues es una constante nacional. Los antiguos héroes se convierten en villanos para la masa en cuanto el poder cambia de manos. Personalmente, creo que se debe al largo y antiguo historial de invasiones que ha sufrido la Península Ibérica a lo largo de miles de años. En mi opinión, eso ha conformado un carácter peculiar de sus habitantes. Conocedores de que tras un invasor vendría otro, descubrieron que el único modo de sobrevivir era hacerse del bando del vencedor. Y para dejarlo patente, nada como el ardor ante el patíbulo de los vencidos. Sea como fuere, es un rasgo muy a tener en cuenta en el futuro.

Pero volvamos a 1820. Tras el pronunciamiento de Riego, las tropas absolutistas casi aplastaron a los constitucionalistas en Andalucía. Afortunadamente, la revolución triunfaba en Galicia, lo que dio aire a los “liberales”. Con la toma del palacio real en Madrid se obligó al rey a acatar la Constitución. Lástima que solo durara tres años, el llamado “trienio liberal”. A finales de 1822 los partidarios “realistas” empezaron a conjurarse en Navarra y Cataluña, proclamándose en Tarragona la regencia absolutista, lo que fue el principio del fin.

Paralelamente, Fernando VII pidió ayuda al rey francés para restablecer el absolutismo. La revolución “liberal” en España era un peligro para el resto de monarquías europeas y su sistema colonial, por lo que en los primeros meses de 1823 entraron en la península las tropas francesas en apoyo de los absolutistas, tropas que se llamaron Los cien mil hijos de San Luis. Las tropas leales al mando de otro héroe, Espoz y Mina, se enfrentaron a los franceses en Cataluña, pero la falta de apoyo popular hizo que fueran derrotados. El pueblo catalán perdió entonces una oportunidad de oro para ser más libres. Y ahí están ahora, intentándolo de nuevo 200 años después. A ver si ahora andan más listos eligiendo bando.

Cuando las tropas francesas entraron en Madrid, se nombró un Consejo de gobierno absolutista, cuyo presidente era el Duque del Infantado. Este nombre lo encontramos hoy en el listado de los mayores perceptores españoles de ayudas agrarias europeas. Esto no es una casualidad. Llevamos 200 años expoliados por los vencedores de aquella guerra. Si supiéramos historia, encontraríamos muchos más nombres coincidentes. Tal vez por eso no conviene que sepamos historia. Tal vez por eso se trocea convenientemente y se pasa de puntillas por encima de hechos trascendentes.

Tras la toma de Madrid por los franceses, la capital se fue trasladando sucesivamente a Sevilla y Cádiz, huyendo de los absolutistas. El rey mantenía convenientemente las apariencias hasta que, sitiado Cádiz, último bastión “liberal”, se unió de forma abierta a los absolutistas. De ese modo, Fernando VII mantenía intacta su felonía.

Pero volvamos a Riego, nuestro héroe. Sufrió la peor traición, la de sus hombres, que lo entregaron a los absolutistas cuando todo se vio perdido. Pidió clemencia al rey, que no se la concedió. Fue condenado y ajusticiado. Pero su muerte, injusta y oprobiosa, no consiguió que fuera olvidado. Se convirtió en símbolo popular de libertad y rebeldía. La marcha que tocaban sus tropas en aquellas luchas por la libertad se convirtió en himno revolucionario durante el siglo XIX y llegó a ser el himno nacional durante la II República española.

Descanse en paz, Rafael del Riego, mártir de la libertad.

 

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