La aventura de emprender.

La frutería del barrio.
La frutería del barrio.

El día que mi amigo Pedro González de Molina me pidió que escribiéramos un artículo conjunto dirigido a los autónomos y micro empresarios empecé a pensar en mi propia experiencia como autónoma y gestora de una micropyme, en la experiencia de gente cercana a mi que está en mi misma situación pero en sectores diferentes al mío, en las quejas comunes y en los problemas afines. Llegué a la conclusión de que hay que empezar por analizar los motivos que llevan a alguien a ese camino.

Cuando una persona se decide a emprender una aventura empresarial en España suele verse impulsada a ello por varios motivos, a saber: en algunos casos su situación de paro lo ha empujado al autoempleo como alternativa, en otros su espíritu emprendedor lo ha llevado en esa dirección, en otros pertenecen a profesiones  llamadas tradicionalmente “liberales”, con el riesgo que entraña en estos días utilizar ese adjetivo ( abogados, arquitectos, psicólogos, odontólogos, veterinarios, farmacéuticos, etc.).

Una vez tomada la decisión empieza la carrera de obstáculos para llegar a la meta. El futuro “empresario” debe tomar la primera decisión sobre el modelo fiscal en el que va a estar encuadrado; las micropymes pueden ser sociedades (Sociedad civil particular, S. L.) o comunidades de bienes, pero en cualquier caso el “emprendedor” deberá ser trabajador autónomo. A la mayoría de la gente esto le hace pensar en profesionales que conoce: taxistas, fontaneros, electricistas, camioneros… y en la célebre expresión “con factura o sin factura”. A todos nos produce cierto resquemor lo que esa expresión significa, el capítulo impositivo es doloroso para todos y las posiciones asimétricas a ese respecto suelen resultar indignantes. Pero no debemos obviar el hecho de que la factura la paga el usuario, reflexionemos sobre la co-responsabilidad en este espinoso tema entre el usuario y el profesional que ofrece el servicio. Se admiten comentarios y sugerencias.

La pasada semana el Gobierno ha aprobado la muy cacareada Ley de Emprendedores, que pretende facilitar los trámites para la creación de una empresa. Al parecer se podrá crear on-line en 24 horas y con un coste mínimo (se habla de unos 200€). Aunque puede que una sociedad creada con unos estatutos estándar, sin registrar y sin pasar por un notario solo sirva para un tipo de emprendedor: el que acomete la aventura en solitario y tiene un modelo de negocio sencillo que no requiere grandes especificaciones en su constitución. Si el negocio es entre varias personas y/o tiene que ver con una actividad compleja, tal vez no sea la mejor opción, a fin de evitar futuros problemas legales.

Pero pasemos al trámite normal que tendrá que hacer alguien que quiera tener todas las contingencias cubiertas. En el paso de trabajador del “Régimen General” de la Seguridad Social a “trabajador autónomo” el emprendedor debe empezar por elegir un asesor o gestor que lo guíe por el proceloso mundo de la burocracia en España, sin esa tutela puede ser virtualmente imposible lograr el objetivo, así que el autónomo empezará su andadura pagando la factura de la gestoría, que puede rondar los 1.000-1.500€ por ese concepto. El segundo paso será decidir el tipo societario con el que operará, buscar una terna de posibles nombres y presentarlos al Registro Mercantil (entidad privada que da un servicio público), armándose de paciencia para esperar la respuesta sobre los nombres propuestos; las negativas a la terna suelen ser del siguiente tenor: no sirven porque ya están registrados, se parecen demasiado a otros ya registrados, no tienen significado inteligible ( y no se rían, que eso me ocurrió a mi cuando puse un nombre griego a una sociedad, que en primera instancia me lo rechazaron, hasta que demostré que si significaba algo, aunque no en castellano) o cualquier otra causa peregrina por la que ninguno de los tres nombres propuestos será aprobado por el registrador, con lo que habrá que proponer otra terna, volver a pagar (unos 10€) y esperar otros  7-10 días.

Mientras tanto el “emprendedor” aprovechará para buscar un local para su actividad (algo facilísimo hoy en día pero que en el pasado entrañó cierta dificultad y un dispendio mayor del previsto), solicitar al Ayuntamiento las licencias oportunas (licencia de actividad y, en su caso, licencia de obra). Llegados a este punto pueden dar con un ayuntamiento “facilitador” o con uno “recaudador”-“obstruccionista”. Aquí puede radicar el quid del éxito final de la aventura emprendedora. Y es que los ayuntamientos pueden exigir un proyecto de obra, unas características concretas para el local en función de la actividad que se va a desarrollar, en función de la calle en la que esté situado, etc. Paralelamente nuestro protagonista deberá pedir permiso a la comunidad de propietarios en la que esté enclavado el local para realizar las obras e incluso para desarrollar la actividad en muchos de los casos. Conozco obras dilatadas durante meses hasta obtener el beneplácito de los vecinos, incluso recuerdo un caso de un conocido que tardó casi dos semanas en localizar a algún vecino que le diera el contacto del administrador de la comunidad. Porque, claro, sin saber con certeza que hay posibilidades reales de utilizar un local sin impedimentos por parte de ninguna de las instancias mencionadas, ¿cómo se arriesga nadie a alquilar dicho local?. Y de nuevo me referiré a tiempos pasados, cuando la fiebre consumista había llevado a generar escasez de locales comerciales y empujado, por tanto, a alquilar sin certezas y a perder mucho dinero en ocasiones por no conseguir llevar a buen puerto las cuestiones expuestas en este apartado. Hoy, con la crisis, ese problema no existe: sobran locales.

Pongamos que todo se desarrolla con normalidad, que en la segunda terna de nombres había alguno original, que los vecinos dan su permiso para montar el negocio, que el ayuntamiento no pone demasiadas pegas… ahora empieza lo grave: un poco de reforma en el local, supongamos que no demasiada, también ahora es más fácil: el derrumbe de la construcción ha hecho que las reformas sean más asequibles que hace unos años, cuando los precios y los tiempos de ejecución resultaban a veces la tumba del negocio antes de empezar. Vamos ya por el primer mes perdido, ahora al menos otro más con la obra: el dinero vuela y no se ingresa nada. A estas alturas el vértigo hace mella en los más fuertes y la angustia y el insomnio campan por sus respetos.

Por fin llega el día en que el arquitecto municipal emite el informe favorable y el local puede abrirse. Pongamos que es una tienda de consumibles para impresoras, tan habituales en estos últimos tiempos. El “emprendedor” habrá hecho un estudio de mercado, se supone. Eso es esencial para proyectar el negocio, por pequeño que sea. Si no se ha hecho, el fracaso está cantado. Imaginemos esa última opción, que no se haya hecho, que la zona tenga un nivel económico bajo y que los tonner no tengan gran demanda, o que sea una zona “dormitorio” y los habitantes no compren allí. En ese caso el nuevo autónomo aguantará mientras aguanten sus ahorros, los ingresos puede que no lleguen ni para cubrir gastos. En pocos meses estará arruinado y probablemente tendrá que pagar el préstamo que pidió para la obra del local. Resultado: ruina y fracaso. Y esto es más frecuente de lo que pueda parecer, solo hay que ver la cantidad de pequeños negocios especializados como el del ejemplo que echan el cierre en nuestros barrios tras unos pocos meses de actividad.

Existe otro tipo de empresario, el que inició su andadura en tiempos mejores y en la época dorada del boom se animó a hacer pequeñas expansiones. En su mayor parte no vieron venir el pinchazo de la burbuja y hoy se encuentran con una reducción considerable de su actividad y haciendo frente a préstamos imposibles de pagar en la actual coyuntura económica. Esta gente subsiste “comiéndose” los ahorros de tiempos mejores, intentando aguantar en la errónea confianza de que esta crisis se está empezando a acabar. Es cuestión de tiempo que acaben arruinados, o al menos empobrecidos al máximo. La solución sería una reestructuración de la deuda, pero ninguna entidad financiera atiende estos casos, así que la única vía es la agonía y la muerte del negocio. Si la información que poseen sobre la realidad económica del país fuera correcta probablemente la mayoría optaría por cerrar antes de acabar totalmente arruinados.

Tenemos por otro lado a los profesionales con despacho propio. La gran reducción de toda actividad económica en el país ha afectado a toda la clase media, en mayor medida a los obreros especializados relacionados con la construcción, personas todas ellas abocadas al paro o al infraempleo; los funcionarios públicos han visto mermados sus ingresos de forma considerable, los pensionistas se han visto afectados por los recortes en sanidad, toda la pequeña industria subsidiaria de la construcción ha desaparecido, pequeños comerciantes han cerrado sus tiendas, etc, etc.  Todo ello ha secado el gran caladero de clientes de muchos de estos despachos profesionales a los que me refería al principio de este párrafo: gestores, abogados, odontólogos, veterinarios… en unos casos por pérdida de la actividad que requería esos servicios y en otros por las medidas de ahorro familiar, el caso es que muchos profesionales que antes se ganaban la vida de modo autónomo ahora matarían por un empleo por cuenta ajena.

Y hay muchos más casos que estarán en la mente de todos: transportistas que no pueden pagar la letra de su camión porque no les salen portes, taxistas que no encuentran clientes durante horas, hosteleros que ven sus mesas vacías día tras día… los ejemplos son interminables. Y en su caída, arrastran a los pocos empleados que tuvieran, uno o dos en la mayoría de los casos. La pérdida de energía, recursos y puestos de trabajo es una sangría constante.

Lamento el tono pesimista de este escrito, solo pretendo ser realista y la realidad es la que todos conocemos.

Dejo para una segunda parte las propuestas que los microempresarios haríamos a la Administración. Habrá que pensar mucho y bien, la situación no es fácil.

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