Reflexiones desde el corazón.

En estos días he sufrido la pérdida de un ser querido inducida por su situación de ruina económica. Una persona que alcanzó puestos relevantes y desempeñó tareas importantes en su sector. Pero la crisis tiene los tentáculos largos y arrastra por igual a pequeños y a medianos. A los grandes no, claro, tienen demasiado peso dentro del sistema y el propio sistema se encarga de que no caigan. Lo que más me ha dolido es comprobar tan de cerca algo que ya intuía: estamos ante el fracaso de una sociedad, de un modo de vida. Si no somos capaces como sociedad de ofrecer soluciones a las personas que tropiezan es que algo funciona mal. Todos podemos vernos en la situación de mi primo: sin trabajo, sin modo de pagar las deudas contraídas en época de bonanza, sin otra solución que vivir gracias a la red familiar. En los tiempos que corren, cuanta gente depende de la ayuda de los abuelos, de la muchas veces exigua pensión, mermada por recortes de sanidad y otras hierbas. Una sociedad que no socorre a sus miembros está enferma, una sociedad que deja en manos de la buena voluntad de la gente el derecho a una vida digna necesita ser cambiada. Y desde el dolor que siento por la pérdida hago un llamamiento a todos mis amigos para que se involucren en la gestación de ese cambio. Nuestra sociedad está enferma y debemos cambiarla entre todos. Todos debemos ser agentes, sujetos, activos; de otro modo seremos pasivos, pacientes, objetos… y perderemos todos nuestros derechos, los que nuestros abuelos y padres lucharon por conseguir y que son un legado que estamos hurtando a nuestros hijos, nos lo estamos dejando robar.

Javier:

Su historia es, por desgracia, una historia común en los días que corren. Si las noticias tristes de la semana eran los asesinatos por violencia de género, empieza a vislumbrarse un nuevo tipo de noticia dolorosa: las personas que deciden acabar voluntariamente con una vida de sufrimientos causados por esta crisis cruel que no entiende de sentimientos, solo de cifras. Su historia es, por desgracia, la del buen muchacho de izquierdas que se dejó deslumbrar por los brillos de la sociedad capitalista, por el espejismo del triunfo económico, por lo material, tan lustroso y atractivo. Y la realidad, tan tozuda, se le estrelló en la cara, bajándole de golpe de la nube. Era inteligente, brillante, generoso y valiente, querido por todos, pero eso no bastó. Cuanto más tienes, más puedes perder. Y él lo perdió todo, hasta lo que no puede comprarse con dinero, esa familia que había formado en los buenos tiempos y que le dio la espalda durante la caída. Porque era todo un espejismo material, sin alma ni sentimientos. Lo que se construye sobre oro es frío y no te arropa durante el invierno. El frío en el alma era tan intenso que ni el amor incondicional de una madre y el cariño infinito de unos hermanos pudieron salvarlo del hielo.

Pienso en los años felices, cuando éramos ingenuos y esperábamos lo mejor de la vida, cuando teníamos todo por descubrir y todo por realizar. Pienso en los años duros, cuando esforzarse era la única opción, cuando el trabajo nos gobernaba, cuando el domino era tal que nos alejaba de aquéllos a los que amábamos. Pienso en los años tristes, los años de derrota y congoja, los años de abandono y desazón, los que acabaron minándote y te destruyeron. Pienso en ti, mi querido Javier, y prefiero recordarte en los años felices, cuando cada nueva película era un estímulo para nuevas ideas, cuando cada nuevo disco nos hacía bailar, cuando reíamos por todo y pensábamos que éramos inmortales.

Dedicado a Minerva y Quique, con todo mi cariño y a vuestra madre, Minerva, con mi admiración y mi amor incondicional, mi querida tía.

7 de marzo de 2013.

El muro, el invierno, el final.
El muro, el invierno, el final.
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